PERÚ: UN VERDADERO PARAÍSO DE AVES (2005)
Crónica del ascenso al Pico 1538 (2005)
Barry Walker
Barry Walker es un inglés que ha estado viviendo y observando aves en el Perú por más de veinte años, siendo en la actualidad propietario de Manu Expeditions.
www.manuexpeditions.com
El mapa topográfico de la aislada región del sur de Loreto, en las salvajes selvas del norte central peruano, se vanagloria de poseer varios picos aún sin nombre. Nosotros estuvimos interesados sólo en uno, conocido como Pico 1538. Este nombre nada romántico registra la altura que, sobre el nivel del mar, posee esta montaña que se asemeja al Mundo Perdido. Conan Doyle podría haber utilizado una imagen del 1538 para la sucia camisa de su famosa novela, y a nosotros nos parece como si aún fuera el hogar de los dinosaurios o alguna otra especie perdida en el tiempo.

En 1996, mientras exploraba las cabeceras del río Cushabatay, los miembros de una expedición de la Louisiana State University (LSU) encontraron una sorprendente nueva especie de Barbet (pariente cercana al Tucán), que a la fecha sólo había sido registrada dentro de unos pocos acres de bosque remoto sobre una inhóspita cresta del 1538.
 

Dicho descubrimiento es el equivalente ornitológico de encontrar un galeón hundido lleno de joyas perdidas y fue el producto de años de dedicación y estudio. El Dr. John O’Neill, jefe de la expedición de la LSU y mentor, ha estado abocado por décadas, a realizar la búsqueda de aves antes desconocidas para la ciencia y ha encontrado probablemente más especies que ninguna otra persona en vida hasta hoy. Ya que no habíamos oído de ninguna expedición posterior que intentara emular la hazaña de O’Neill, decidimos ir y ver las aves nosotros mismos. Con la ayuda de información proporcionada por O’Neill y Dan Lane de LSU, logramos formar con éxito un pequeño y selecto grupo de entusiastas miembros con el mismo interés por ver esta criatura verdaderamente espectacular.

Día Uno: Durante una fresca noche en la ciudad de Pucallpa ubicada en la selva central peruana, nos encontrábamos yo, Ramiro Avendaño, un cocinero experimentado que formaba parte de la expedición, y el experto local Orlando Rivas, un lugareño de Pucallpa y miembro del equipo original de la LSU, además de seis británicos y un americano también observadores de aves.

La primera actividad dentro de nuestra agenda fue compartir una fría cerveza a medida que los animaba con mi discurso de “dejen el miedo de lado y sólo así nos irá mejor”; todo esto discurría en los jardines tropicales del hotel. En un jardín posterior aledaño, una Lechuza Tropical silbaba, compitiendo en vano con el ruido de los “mototaxis” que cruzaban las calles. La lechuza sirvió como un recordatorio que ésta no era de hecho una operación militar, sino más bien un viaje de observación de aves. Todos nosotros, yo más que nadie, estábamos absortos en nuestros propios pensamientos sobre lo que venía por delante. Después de todo, yo había preparado el viaje y era responsable por la logística y sería el responsable del fracaso si algo iba mal.

Día Dos: Una partida inusualmente tarde para los observadores; a medida que tomábamos un reparador desayuno en la piscina del hotel rodeados por Mosqueros corrigrises y Reinitas Mieleras. De prisa y a disponernos a la espera. La avioneta que habíamos contratado para dirigirnos hacia alguna pista de aterrizaje de pasto en el final del mundo se encontraba aún en Satipo y nos vimos forzados a esperarla sentados, debido a que su hora estimada de llegada se modificó de veinte minutos a media hora y luego a cuarenta y cinco minutos, y así sucesivamente.

Nuestros gritos de alegría por el arribo de la aeronave se vieron de pronto interrumpidos, por otro problema; la avioneta era demasiado grande y la pista de aterrizaje demasiado pequeña y estaba mojada. Decidimos enviar el gran avión hacia la lejana pista asfaltada ubicada en Contamana, trasladando la mayor parte del equipo, mientras yo volaba directamente hacia Pampa Hermosa, a bordo de un pequeño aeroplano de cuatro asientos. Luego se transportó a todos junto con el equipo y los suministros de Contamana a Pampa Hermosa.

Finalmente, varias horas después nos reunimos todos en el campo de fútbol local en lo que resultó ser un pueblo sorprendentemente grande. La escuela suspendió sus actividades, de tal forma que todos pudieran ver el curioso espectáculo de los gringos. Río abajo con todo nuestro equipo, nos dimos cuenta que los dos botes que habíamos contratado no serían suficientes. Escuchábamos el triste sonido del Cuclillo Listado que se lamentaba con resignación en lo alto del árbol de mango que se encontraba sobre nuestras cabezas. Inmediatamente pedimos un tercer bote y ya para las cuatro de la tarde, estábamos por fin en nuestro camino río arriba, a lo largo del río Cushabatay. Pero, ¿verdaderamente nos estábamos moviendo? Una mirada cercana a la orilla del río nos dijo que sí, pero ¡lentamente! Fue entonces que nos dimos cuenta que éste iba a ser un largo, largo viaje, pero como yo era el único que tenía un mapa y GPS, también sería el único miembro del equipo que realmente sabría cuán largo iba a terminar siendo en realidad ...

Dos horas después el sol empezó a ponerse y amarramos los botes en una playa que ninguno de nosotros olvidará jamás. Apenas nos felicitábamos unos a otros por haber finalmente logrado embarcarnos, cuando el primer zumbido de ominosos mosquitos atravesó el aire de la noche. Tan sólo diez minutos después fue imposible respirar aire sin inhalar docenas de insectos. La playa que habíamos escogido era, sin duda, el lugar más infestado de mosquitos que hubiéramos experimentado antes. Ninguno de nosotros había pasado por algo tan malo, excepto Orlando, que nos informó alardeando que el río Ucayali era mucho peor. No era de extrañar que ningún observador de aves haya ido hacia allá. Sobrevivimos hasta la mañana, pero dormimos poco.

Día Tres: Sentíamos como si hubiéramos estado en el campo durante una semana. Incluso no nos percatábamos de los atractivos de las islas del río - Colaespinas de Parker y Ventriblancas, Colibríes Blanquioliva y Horneros Menores nos llamaban en vano desde los arbustos de Salix que se encontraban más allá de la playa. Cuando un Hormiguero Negriblanco cantó, Colin me miró irónicamente y movió su cabeza de un lado a otro como diciendo “olvídalo, vámonos”. Café caliente, queques y miel nos esperaban, y a medida que desayunábamos evocábamos memorias de la guerra de los mosquitos de la noche anterior.

Un día entero en el río esperaba por nosotros, chisporroteando contra la amabilidad de los motores siempre presentes de 12.5 caballos de fuerza de Briggs y Stratton, conocidos localmente como peque-peques, que son el medio de transporte más popular en esta parte de la Amazonía. La vida en el río puede empezar a caer en la monotonía después de la enésima Avefría Pinta y el Perico Aliamarillo número diex mil. Un Jabiru de aspecto triste y andar deprimido que estaba en una playa parecía reflejar mis propios sentimientos. A medida que el sol nos castigaba sin misericordia observé que el río parecía prístino. De cuando en cuando, veíamos pasar balsas flotantes de troncos de caoba fabricados por pobladores bronceados por el sol y curtidos por los insectos voladores de la arena, o el campamento de caza rústico donde pieles de pecarí eran colgadas a secar al sol.

En la distancia un pico solitario coronado con siete distintas protuberancias se asomaba entre la agobiante floresta de lluvias. Era Siete Puntos, Pico Barbet, Colina 1538, o como quieran llamarla. Miré hacia la orilla del río para medir nuestra velocidad y luego miré de nuevo al pico. “Ni hablar”, pensé, “está demasiado lejos. Hemos calculado mal, no vamos a alcanzarlo”. Uno de los tres motores escogió ese momento para empezar a fallar. Poco antes de ponerse el sol desembarcamos en una playa debajo de la confluencia de los ríos Cushabatay y Pauya. Nosotros lo llamamos el Campamento del río Pauya (Pauya River Camp), y era paradisíaco. No había mosquitos, nos dimos un refrescante baño en el río teniendo a la luna y las estrellas ante nosotros, ¡era el paraíso! Búhos de Anteojos cantaban y Chotacabras Coliescaleras revoloteaban a través de la playa a medida que celebrábamos la “Reunión del Consejo de Expedición”. “Es bastante sencillo”, dije, “no vamos a llegar en la fecha programada. No hemos tomado en cuenta el alto caudal de agua y la fuerte corriente que nos está quitando velocidad; además, tenemos fallas en un motor. Tenemos dos opciones: hacer guardia un día, regresar e ir por las aves a algún lugar cercano a Pucallpa, o emplear los dos días que habíamos reservado al final del viaje para observar relajadamente desde un alojamiento en la laguna Yarinacocha e ir pos del Barbudo”. Mis palabras fueron seguidas por un silencio, y me sentí como se habría sentido el conquistador español Francisco Pizarro cuando trazó aquella famosa línea en la arena y pidió a sus angustiados y desesperanzados hombres cruzarla y seguir con él hacia lo desconocido. Pero Nigel y Barry me miraron como si yo estuviera chiflado (y empecé a pensar que lo estaba). Ya estaba decidido, no había nada más que hacer, habíamos llegado tan lejos y no íbamos a darnos por vencidos tan fácilmente. ¡Adelante!

Día Cuatro: Amanecer bueno y prometedor. No pudimos conseguir un motor de reemplazo en ninguna de las pequeñas aldeas por las que pasamos, así que nos acomodamos en dos botes y enviamos a Orlando río abajo, con el tercer bote para reparar el peque-peque que estaba funcionando mal e informar en el pueblo que nos demoraríamos por lo menos dos días.

Esperábamos avanzar ese día pero no lo hicimos. En cambio, pasamos otro día arrastrándonos río arriba, acercándonos lentamente a nuestro objetivo. Nuestro aburrimiento se veía aliviado por bulliciosos grupos de Loros Cabecinegros, Colicortos y Alinaranjas. Ciertamente, era una buena manera de ver loros y guacamayos entre muchas cosas. A medida que el río se contorneaba y giraba, el pico parecía cambiar de posición; algunas veces estaba frente a nosotros, luego hacia nuestra derecha, y de repente lo teníamos detrás del bote, cuando nos encontramos moviéndonos en dirección opuesta a él. El GPS confirmó lo que podíamos ver con nuestros propios ojos – que después de tres horas no estábamos más cerca de nuestro objetivo. Los botes se habían separado gradualmente y nosotros, los que íbamos detrás, llegamos al campamento bien entrada la noche – para alivio de nuestros compañeros que habían empezado a preocuparse.

Nuestros guías nos dijeron luego que nos tomaría otros veinte minutos llegar a la cabecera del sendero. Nuestras almas se elevaron con la idea de salir finalmente de esos botes miserables y andar con nuestros propios pies. Ramiro nos animó con su excelente comida una vez más, y sacamos a relucir el último par de cervezas con la idea de que sería inútil llevarlas hasta la montaña. Un par de Búhos Penachudos cantaba a dúo cerca, y un Nictibio Común nos arrullaba para dormir.

Día Cinco: Después de un corto viaje en bote llegamos al fin al sendero. Separamos el equipo con el fin de dejar la mayor parte de nuestras cosas en los botes y llevar lo mínimo para la subida al pico. Era maravilloso entrar al bosque. Su sombra nos envolvía y cantos familiares de aves nos rodeaban. El Espigador de Follaje Cabeza de Nuez, el Rascahojas Coronicastaña, Hormigueros Dorsipunteados, Batarás Alillanos, Hormigueros Plomizos y Moscaretas Coroniamarillas nos daban la bienvenida a su mundo. Explorábamos lentamente, observando a lo largo del camino. Una bandada mixta se dirigía hacia abajo y estaba compuesta de Mosqueritos Barbudos, Batarás Cinéreos, Hormigueritos Flanquiblancos y Trepadores Ocelados que robaban nuestra atención. Sudando en el calor de la tarde, llegamos a nuestro siguiente campamento a través de una clara y rápida corriente, donde aprovechamos para descansar y prepararnos para el día siguiente.

Día Seis: Con miras a enfrentarnos a un ascenso de unos mil metros ese día, desayunamos antes del amanecer y empacamos nuestros equipos, estando listos para partir con las primeras luces. Ansiosos por dar inicio a nuestra aventura, ignoramos un Batará Ondulado que cantaba justo más allá del campamento y lo dejamos para nuestro regreso (lo que fue un error porque nunca lo volvimos a oír de nuevo). Las únicas observaciones que hicimos ese día fueron durante los momentos de reposo en que aprovechábamos también para recuperar el aliento durante el ascenso. Fue un viaje sumamente agotador. La mayoría de veces ascendíamos con dificultad por una resbaladiza pendiente, ganando unos cuantos cientos de metros de altitud sólo para descender de nuevo. Esto sucedía una y otra vez y tan solo después del almuerzo nos dimos cuenta de que habíamos realizado un verdadero avance cuesta arriba. Nos separamos en dos grupos, el grupo lento y el grupo más lento.

La radio volvía a la vida a eso de las 2:00 pm. “Estamos en un punto de observación y los guías han señalado el campamento a unos 1,000 metros. Está aún lejos, muy lejos”, dijo Colin con su usual estilo mesurado. Mi corazón saltó. Iba a ser difícil. Los equipos se reunieron para el almuerzo, sólo para ser rodeados de nuevo por insectos merodeadores. Trayendo a cuestas enormes paquetes de suministros, nuestros cargadores nos daban alcance silenciosamente, sin siquiera sudar. Continuamos hacia arriba y hacia arriba, y repentinamente nos pareció que ya estábamos ganando altura.

Se estaba haciendo tarde así que llamé a Colin por la radio, “¿dónde estás?”, pregunté. “En el campamento, acabo de llegar”, respondió. “Okey, acabamos de pasar un deslizamiento de tierra con un ascenso empinado y un árbol de ceiba. ¿Qué tan cerca estamos?, Pausa ... “Lejos – una hora más”, respondió Colin para nuestro pesar. Ramiro vino saltando a lo largo del camino como una cabra de la montaña, cargado con suficientes botellas
de refresco para darnos el refuerzo que necesitábamos para seguir luchando a fin de llegar al campamento antes de que oscureciera, donde nuestros compañeros más rápidos nos recibirían con su usual tono bajo, aunque preocupados. Ahora todos estábamos sanos y salvos y a una sorprendente distancia de nuestro objetivo. Nuestras almas se habían elevado. El último tramo estaba a la vista y a medida que el sol se ponía detrás del bosque, el paisaje detrás de las tierras bajas era maravilloso.

Día Siete: ¡Día del Barbudo! Barry Wright bajaba saltando el sendero como un antílope. Decidí (erróneamente, tal como me di cuenta luego) que éste sería un día fácil y empecé a observar aves pausadamente a través de un incipiente matorral que se hallaba en la cumbre de la montaña. Aquellos se quedaron conmigo fueron recompensados con las vistas del Hormiguero Alirojo y la fácil forma abierta de discurrir del Mosquerito Fusco. Los Picoagudo silbaban en lo alto y Pihas Coligrises coreaban una y otra vez. Nos resultó muy lamentable la ausencia completa de Tangaras, un grupo de frujívoros comúnmente notorio en los bosques de montaña del Perú, pero notorios por su ausencia allí.

Seguimos adelante. El camino fue bueno inicialmente, pero de pronto nos dimos con otra pérdida de altura desalentadora, hasta que finalmente nos encontramos en el flanco de la montaña con el ascenso final delante de nosotros. Este camino era cuesta arriba, palmo a palmo usando enredaderas y raíces de árboles para poder trepar. Yo me encontraba cargando un montón de equipos valiosos y de ninguna manera iba a resultar algo fácil. Nos dirigimos hacia arriba, íbamos deteniéndonos frecuentemente para descansar. Empezamos a sentir una sensación de mayor frescura y con ella empezaron a aparecer bromelias. Como si estuviera en coordinación con nuestras almas, el altímetro empezó a subir lentamente. “Estoy en la tierra prometida”, dijo Colin por la radio, que significaba que él ya había alcanzado 1,250 metros y estaba ahora en el hábitat ideal del Barbudo. Nosotros estábamos cien metros debajo de él, ocupados con un Tapaculo no descrito, que reaccionaba espléndidamente a la cinta. “Va una, faltan tres”, recuerdo que pensé, refiriéndome a las cuatro aves muy especiales que esperábamos ver en esa montaña.

Haciendo un gran esfuerzo nos encontramos de pronto en el lugar. Los árboles estaban ahora cubiertos con musgo y epífitas. Un Melastome frutal del que nos habían anunciado por la radio nos señalaría el ave número dos de nuestra lista. Avistamos un ejemplar macho inmaduro de un Saltarín no descrito. Los que iban adelante no habían visto el Saltarín ni el Tapaculo aún, pero por la radio nos avisaron que uno de ellos había podido apreciar un Barbudo. Finalmente, después de días en el río y el difícil ascenso, pudimos contemplar y grabar a las aves.

El grupo entero se reagrupó en el campo musgoso y caminamos lentamente, con todos nuestros sentidos alerta. Capté algún movimiento de hojas a mi izquierda y algo me dijo que era lo que estábamos esperando. De pronto, allí estaba en todo su esplendor el Barbudo franjiescarlata, el ave por la que habíamos sufrido tanto.

Chris, Dave y Nigel estaban justo allí conmigo y tuvieron que contener sus simultáneas voces de asombro. Ya nos encontrábamos observando un par de Barbudos, tal como se mostraban, sobre unas ramas expuestas sobre nuestras cabezas. Era como una conferencia de prensa. Vídeo y audio grabadoras, micrófonos, binoculares e incluso cámaras fotográficas estaban todos enfocados sobre estas glamorosas criaturas mientras que realizaban su rutina de función singular y cantaban para los micrófonos. Le sacamos el jugo a todo, intercambiando señas con los dedos y amplias sonrisas. Gracias Jesús por esto, parecíamos todos estar pensando. ¡Lo logramos! ¡La última novedad neotropical en la bolsa!

Pasamos la noche en la cumbre y vimos más Barbudos, así como otras aves interesantes como el Saltarín Negro, Hormiguero Pizarroso, Pava Carunculada, Rasconzuelo Colicorta, Perico Pintado, Cuco Ventrinegro, Brillante Pechicastaño, Trepador Barreteado, Zorzal Moteado y las Moscaretas Caridorada y Cachetimoteada. Y como si no fuera suficiente, un muy cooperativo par de Lechucitas Subtropicales (Glaucidium parkerii). Llamadas tropicalesasí en honor del que en vida fue mi amigo Ted Parker, completaron para mí un conjunto de aves espléndidas.

El Día Nueve Orlando llegó a la cumbre; ya había anunciado al mundo que estábamos bien y nos informó que nuestro tercer bote estaba bien, y funcionando. Pocos días después, volvimos a trazar nuestros pasos de vuelta a Pampa Hermosa. Casi todo era cuesta abajo y continuamos observando aves; encontramos Hormigueros Lunados y Tiznados a lo largo del camino, así como la cuarta ave en nuestra lista clave, la Tangara Manchada en una bandada mixta de Mieleras, Dacnis y otras Tangaras. Viajando fácilmente río abajo, nos salteamos la ‘playa mosquito’ y llegamos a Pampa Hermosa sin lesiones.

Día Doce: Poco antes del amanecer del siguiente día, llovió tanto que estaba seguro que las avionetas no podrían llegar hasta nosotros. Estábamos desesperados por salir de Pampa Hermosa. No había nada que nos hiciera quedar ahora. Nuestra pequeña aeronave de cuatro asientos llegó casi a medio día, justo cuando el sol empezó a encontrar un camino entre las nubes. A medida que volábamos hacia Contamana el cielo estaba tan cargado de nubes que nos vimos forzados a volar un tramo a unos cuantos cientos de metros de alto entre las copas de los árboles y las nubes.

El GPS del piloto le dijo que Contamana estaba abajo, en algún lugar, y finalmente, después de dar vueltas por unos instantes con cero visibilidad, encontró la pista de aterrizaje y aterrizó suavemente. Después de tres vuelos similares más, estábamos todos en Contamana y nos trasladamos a un avión más grande, cuya cola tocaba el camino mojado durante la partida y volaba a través de frecuentes lluvias en su camino a Pucallpa.

Fue un viaje difícil pero agradable, habíamos alcanzado nuestro objetivo, y sabíamos en nuestros corazones que esto había sido una suerte excepcional. Habíamos aprendido bastante y en un futuro repetir el viaje sería una tarea mucho más ordenada. Pero, ¿regresaríamos y lo lograríamos de nuevo? Probablemente no, hay tantas expediciones esperando y tan poco tiempo. Pero recuerde, dos de los líderes turísticos de aves de la empresa no participaron en la expedición, así que si alguna vez nos piden nuevamente liderar el viaje, estoy seguro que ellos estarán completamente dispuestos!

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